Preocupa salud mental de Ricardo Mejía a especialistas, obsesión con Manolo Jiménez y temas de seguridad
Saltillo, Coahuila.- La insistencia del exsubsecretario de Seguridad federal, Ricardo Mejía Berdeja, por mantener una narrativa permanente contra el Gobierno de Coahuila, el gobernador Manolo Jiménez Salinas y el modelo de seguridad estatal, comienza a generar lecturas más allá de lo político. Especialistas en salud mental consultados por este medio señalaron que, cuando una figura pública mantiene durante años un discurso repetitivo sobre una misma derrota, un mismo adversario y una misma causa, puede tratarse de una fijación política que termina afectando su capacidad de autocrítica y lectura de la realidad.
El caso de Mejía Berdeja no es menor. Tras perder la gubernatura de Coahuila en 2023 frente a Manolo Jiménez Salinas, el exfuncionario federal parece no haber cerrado ese capítulo. A través de sus posicionamientos públicos y redes sociales, el también exaspirante petista ha mantenido como eje central los señalamientos contra la seguridad en Coahuila, contra el mandatario estatal y contra todo aquello que, desde su visión, representa el actual proyecto político que lo derrotó en las urnas, recordemos que el Estado es uno de los más seguros del país según el INEGI.
De acuerdo con un psicólogo consultado, en política también existen patrones de conducta donde la derrota no se procesa como un resultado democrático, sino como una herida permanente. “Cuando una persona vuelve una y otra vez al mismo tema, al mismo rival y al mismo agravio, no necesariamente está construyendo oposición; puede estar alimentando una obsesión con aquello que no pudo conquistar”, explicó.
En la misma línea, un psiquiatra entrevistado advirtió que la reiteración constante de una narrativa de agravio puede convertirse en una forma de permanencia simbólica en el escenario público. Es decir, aunque el político ya no tenga el mismo peso electoral, busca sostenerse en la conversación mediante el conflicto, la denuncia y el ataque recurrente.
Lo que llama la atención es que Mejía Berdeja fue subsecretario de Seguridad Pública a nivel federal, cargo desde el cual tuvo la posibilidad de incidir en estrategias nacionales contra la violencia, el crimen organizado y los problemas que hoy señala desde la oposición. Por ello, resulta contradictorio que ahora pretenda presentarse como el gran fiscalizador de temas que pudo atender cuando tuvo una posición de mayor responsabilidad institucional.
A la derrota por la gubernatura se suma el bajo rendimiento electoral de su partido y de su movimiento en procesos posteriores. El proyecto político que Mejía intentó encabezar en Coahuila no logró consolidarse ni en las diputaciones locales ni en las alcaldías pasadas, donde nuevamente quedó evidenciado que su discurso no alcanzó para convertirse en fuerza mayoritaria. Pese a ello, el exsubsecretario mantiene una ruta de confrontación constante, como si cada publicación fuera una extensión de aquella campaña perdida.
Especialistas señalaron que una oposición sana debe cuestionar, fiscalizar y señalar fallas del gobierno, pero también debe aportar propuestas, reconocer avances y construir alternativas. En el caso de Mejía, la preocupación radica en que su discurso parece girar menos en torno a soluciones y más alrededor de una necesidad permanente de descalificar al gobierno que lo derrotó.
La insistencia en afirmar que en Coahuila “no se hace nada” contrasta con los indicadores, operativos y estrategias que el propio Gobierno del Estado ha presumido en materia de seguridad, blindaje regional, coordinación policial e inversión en infraestructura de vigilancia. Sin embargo, para Mejía, el tema parece haberse convertido en una bandera personal, más que en una agenda pública equilibrada.
Hoy, la pregunta no es si Ricardo Mejía tiene derecho a criticar al gobierno; por supuesto que lo tiene. La pregunta es si sus señalamientos responden a una preocupación legítima por Coahuila o a una obsesión política no superada tras su derrota frente a Manolo Jiménez. Porque una cosa es hacer oposición y otra muy distinta es vivir atrapado en una campaña que terminó hace años.

