El poder de lo humano: El Propósito no siempre se encuentra, también se construye

El poder de lo humano: El Propósito no siempre se encuentra, también se construye

Hay una pregunta que puede acompañarnos durante mucho tiempo: ¿para qué estoy aquí?
A veces aparece cuando estamos por tomar una decisión importante. Otras, cuando algo termina. Y también puede llegar cuando, desde afuera, pareciera que todo está bien, pero por dentro sentimos que algo nos falta.

Durante mucho tiempo pensé que descubrir el propósito era tener una respuesta clara. Saber exactamente qué quería hacer y hacia dónde iba. Hoy creo que también se va construyendo mientras vivimos, incluso en esas etapas en las que tenemos más preguntas que certezas.

Lo he visto en personas que encuentran una nueva vocación después de muchos años. En quienes se animan a empezar de nuevo. En quienes, sin cambiar de trabajo, descubren una manera distinta de aportar desde donde están.
Porque hay días en los que el propósito se parece mucho a escuchar a alguien que necesita hablar. A compartir lo que sabemos. A abrir una oportunidad porque recordamos lo que nos costó conseguir la nuestra.

Son acciones que quizá no aparecen en un currículum, pero que pueden cambiar la experiencia de otra persona.
En el trabajo solemos preguntarnos qué sigue: qué puesto, qué proyecto, qué reto. Y está bien querer crecer. También necesitamos detenernos a pensar qué nos mueve de ese crecimiento y qué queremos hacer con lo que hemos aprendido.
¿En qué momentos sentimos que lo que hacemos vale la pena? ¿Qué conversaciones nos dejan pensando? ¿Qué problemas nos importan tanto que queremos involucrarnos?

Quizá por ahí podemos empezar.
He aprendido que conocernos requiere honestidad. Reconocer lo que disfrutamos, lo que ya nos pesa y aquello a lo que seguimos diciendo que sí por costumbre. Aceptar también que podemos cambiar de dirección sin que eso le quite valor al camino recorrido.
Hay etapas en las que nuestro propósito estará muy ligado a nuestra profesión. En otras, a la familia, a aprender algo nuevo o a acompañar a alguien. Nuestra vida se mueve, y con ella también cambia la forma en la que queremos contribuir.
No siempre vamos a tenerlo claro. Habrá días de cansancio y decisiones que tomaremos con miedo. Podemos avanzar así, con dudas, y prestar atención a lo que el camino nos va enseñando.

Tal vez convenga ver nuestra propia historia con más cariño. Recordar cuándo nos sentimos útiles, qué hicimos con gusto y quiénes se acercaron a nosotros buscando apoyo. A veces estamos tan ocupados buscando una respuesta hacia adelante que olvidamos reconocer lo que ya hemos construido.
A mí me gusta pensar que una vida con propósito se va haciendo en esas elecciones: cómo tratamos a las personas, a qué dedicamos nuestro tiempo y qué hacemos cuando tenemos la posibilidad de ayudar.

Y que, con los años podamos recordar a alguien que creció con nuestro apoyo, una puerta que ayudamos a abrir o un momento en el que nuestra presencia hizo más llevadero el camino.
Porque cuando lo que somos y lo que sabemos se convierte en algo valioso para alguien más, nuestra vida adquiere un sentido muy profundo.

Ahí, en la huella que dejamos unos en otros, es donde nace el poder de lo humano

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